Siempre es un placer volver a Madrid

La promoción de la película documental de ‘El gran día’ nos lleva a Madrid durante unos días.La ciudad recibe con expectación y entusiasmo la nueva propuesta cinematográfica de Pascal Plisson, que sigue la estela de éxito marcada por la precedente ‘Camino a la escuela’, este año nominada a los Premios Goya 2016   en la categoría de Mejor Película Europea. Entre las decenas de entrevistas fijadas con la prensa madrileña, nos escapamos una mañana, en comitiva catalano-cubana, a hacer un poco de turismo por la ciudad. Monumental y gallarda, Madrid cuenta con una oferta inimaginable de propuestas culturales que hace que siempre sea un gusto volver.

Visitamos el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que alberga una exquisita colección de arte moderno y contemporáneo español e internacional. Lo que me llama la atención, sin embargo, no es su fondo pictórico y escultórico, rico y preciado, avalado por la reputación de los artistas que alberga; sino la cantidad de piezas audiovisuales y el uso que se hace de grandes clásicos del cine de todos los tiempos, piezas de arte utilizadas también, como formas para contextualizar de los movimientos artísticos a través de los cuales la institución teje su relato del siglo XX.

El inicio del siglo XX arranca con la primera imagen en movimiento grabada por los hermanos Lumière, ‘La Sortie de l’usine’ (1895). El Cubismo de los años 20 queda ilustrado con el filme ‘One Week’ (1920) de Buster Keaton; mientras que las primeras experimentaciones cinematográficas quedan registradas de la mano de ‘Un Chien andalou’ de Luis Buñuel. La posguerra europea queda plasmada por grandes obras como ‘Germania, anno cero’ (1948) de Roberto Rossellini y la nueva revolución estilística y narrativa norteamericana con ‘Rope’ (1948) de Alfred Hitchcock. La realidad española del final de la II Guerra Mundial va a cargo de la maravillosa ‘Bienvenido Mr.Marshall’ (1953) de José Luis Berlanga y ‘La bandera negra’ (1956) de Amando de Ossorio. La ola de innovación cultural postulada por la Francia de los 60 de la Nouvelle Vague queda registrada con Alain Resnais y su ‘La guerre est finie’ (1966). Como esta última, el final de la Guerra Civil Española también se aborda con ‘Canciones para después de una guerra’ (1971) de Basilio Martín Patino.

 

Mirando en conjunto la elección y la inclusión de estas películas en la visita del Museo, me hace pensar, de un lado, en el buen criterio que guía su estrategia de públicos y sus relaciones de cooperación con otras instituciones del panorama cultural de la ciudad.

Valerse de una forma de arte y de entretenimiento tan popular y apreciada como el cine, escogiendo (además) de entre todo el patrimonio cinematográfico películas iconos como las que acabo de citar, muestra la voluntad del Museo de poner al visitante en el centro de su razón de ser. Con un guiño, se acerca al visitante, local y extranjero, satisfecho de poder y saber reconocer lo que ve y que lo hace partícipe de la cultura general del siglo XX. Igualmente, queda patente la colaboración establecida de win-win con la Filmoteca Española, entidad prestadora de las obras expuestas.

Vaya, que siempre es un placer volver a Madrid.

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